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Hijos de centenarios
Viernes, 29 de Agosto 2025, 09:58h
Tiempo de lectura: 10 min
A mi madre solo le faltaron 50 días para cumplir 101. ¡Ya quisiera yo llegar a los 100 como ella!». Francisco Tarazona Arnau tiene 86 años y una historia familiar marcada por la longevidad. Su madre murió con casi 101. Su padre, con 92. En su casa, superar los 90 no era una rareza. «Mi madre tuvo una naturaleza muy fuerte. Fue muy sana hasta el final», cuenta. Y su hijo, Francisco Tarazona Santabalbina, añade: «Mi abuela estuvo muy bien hasta los 98. Iba andando hasta las afueras del pueblo a limpiar la lápida de mi abuelo en el cementerio; más de cuatro kilómetros, que recorría sola, completamente autónoma».
Francisco Tarazona hijo es geriatra en el Hospital Universitario de La Ribera, en Alzira (Valencia), investigador y presidente de la Sociedad Española de Geriatría y Gerontología. Y sabe que el caso de su abuela no es excepcional. Los centenarios no solo viven mucho: suelen vivir bien hasta el final. «La mayoría mantiene un estado razonablemente bueno y concentra la enfermedad en los últimos meses o incluso días». También sabe que su padre tiene más probabilidades que la mayoría de llegar a los 100. Porque la longevidad, hasta cierto punto, se hereda. «La genética influye. En nuestros estudios hemos identificado perfiles que ayudan a conservar la funcionalidad física e inmunitaria en edades muy avanzadas. No envejecemos igual».
Francisco Tarazona
«¡Ya quisiera yo, a mis 86, llegar a los 100 como mi madre! Estuvo siempre muy sana, y eso que tenía la tensión alta. Todos los días salía a tomar café, aunque al final fuese ya en silla de ruedas. Hasta el penúltimo día de su vida. Su familia se crio en el campo, y en su familia era habitual superar los 90 años... Leer más
«Para llegar a los 80 influye sobre todo el estilo de vida; para alcanzar los 100, la genética», explica el doctor José Viña. Nacido en Valencia en 1953, lleva investigando los mecanismos del envejecimiento más de 35 años, enfocándose en aspectos como la nutrición, el ejercicio físico, la longevidad, las enfermedades neurodegenerativas y la fragilidad asociada a la edad.
Viña dirige desde hace décadas el grupo de investigación Freshage en la Universidad de Valencia, convertido hoy en un referente en el estudio de la longevidad saludable. Entre otras investigaciones, ha buscado la huella genética de quienes viven más y, sobre todo, envejecen mejor. «Los centenarios controlan muy bien la apoptosis, la muerte celular. Si una célula sufre un daño genotóxico y podría convertirse en cáncer, sus cuerpos la eliminan, pero conservan las células sanas». ¿Intervienen genes específicos? «Sí. Uno de ellos, el Bcl-xL, está relacionado con la función inmunitaria y la prevención de la fragilidad», responde. Las personas centenarias presentan una mayor expresión de Bcl-xL en sus células inmunitarias que los octogenarios. Esto sugiere un papel clave de este gen en el envejecimiento saludable. «Hemos introducido estos genes en ratones: no viven mucho más, pero mantienen una excelente calidad de vida hasta el final».
¿Por qué algunas personas resisten mejor el paso del tiempo? Y ¿podemos intervenir en ese proceso? «El envejecimiento no es una enfermedad –asegura–. Es un proceso natural. Pero eso no impide que pueda estudiarse, entenderse y, en parte, modificarse». José Viña es, a sus 72 años, uno de los grandes pioneros de la gerociencia en Europa. Hijo y nieto de centenarias –su abuela superó los 101 y su madre vivió hasta los 99 subiendo escaleras durante la pandemia–, decidió consagrarse al envejecimiento como fenómeno biológico cuando la comunidad científica aún lo ignoraba.
Formado junto con el Premio Nobel Hans Krebs en Oxford y catedrático de Fisiología desde 1984 en la Universidad de Valencia, Viña ha publicado más de 330 artículos científicos y dirigido más de 50 tesis doctorales. Su carrera da un paso más en septiembre: asumirá la dirección de la primera cátedra de gerociencia de Europa en la Universidad Católica de Murcia (UCAM). Solo existe otra en el mundo, en el National Institute on Aging de Estados Unidos.
María Teresa Pérez
«A mi madre se le paró el corazón a los 98 años. Yo voy por 74. Ella era una persona muy serena y tranquila. Ojalá sus hijos hubiésemos sacado su carácter. Vivió con muy buena salud hasta el final. Perdió algo de oído y más tarde se cayó y se rompió la cadera, y eso ya le dio inseguridad. Pero siempre estuvo muy bien... Leer más
¿Qué es la gerociencia? Una disciplina emergente que une biología del envejecimiento, medicina y prevención. Su objetivo no es alargar la vida de forma artificial, sino entender cómo el envejecimiento provoca múltiples enfermedades –cáncer, alzhéimer, fragilidad, diabetes– y cómo intervenir en su origen común para retrasarlo en todas a la vez. «Es cambiar el enfoque: no tratarlas una a una cuando aparecen, sino actuar antes», resume Viña.
Ese cambio de mirada atraviesa toda su obra. «Podemos envejecer mejor. No se trata de vivir más, sino de vivir bien hasta el final», insiste. «Esa es la clave: calidad, no cantidad».
El doctor Viña huye, por ello, de las grandes promesas y de experimentos como la transfusión de sangre joven en personas mayores para lograr la eterna juventud. «La parabiosis se conoce desde hace cien años: sangre joven que rejuvenece al animal mayor. Pero no es un tratamiento simple, produce reacciones alérgicas y otros efectos».
Viña pone a su vez límites a nuestra esperanza: «Con lo que sabemos ahora, no esperes que vivamos más de 100 años con buena calidad de vida. Esto es una esperanza razonable». Uno de sus hallazgos más relevantes es que los centenarios no solo viven más: comprimen la enfermedad. Llegan a edades extremas con buena salud y solo enferman poco antes de morir. «Una catástrofe sería enfermar a los 80 y morir a los 100. Pasar 20 años en cama no es el futuro que queremos».
Salvador Trescolí
«Mi padre falleció con 99 años y su hermano, con 96. Casi nunca iba al médico. Tuvo una salud excelente hasta el final. El último año ya necesitaba la silla de ruedas, pero antes de eso se mantenía muy activo. Murió sentado a la mesa después de cenar. No sufrió nada, ni se enteró. Mi padre comía de todo, como yo, pero siempre en... Leer más
¿Y el entorno? También importa. Viña subraya que el envejecimiento es biológico, pero también social. «A lo largo de milenios hemos evolucionado para responder a un estrés físico, no al social. Hoy sufrimos estrés por factores cotidianos que no podemos resolver con lucha o huida, y eso nos enferma. Controlar ese estrés es esencial. Y todo cuenta: nutrición, ejercicio, descanso, relaciones personales... Yo me apoyo también en técnicas de espiritualidad budista y meditación. Primero veo el problema, después decido si es un reto o una amenaza. Si es un reto, actúo; si es una amenaza, pido ayuda». En España, el 80 por ciento de las personas mayores de 80 años vive sin dependencia. El 70 por ciento no necesita ayuda para las actividades básicas del día a día. Cifras que desmontan el mito de una vejez inevitablemente deteriorada.
España es incluso hoy uno de los países más longevos del mundo. Según el Instituto Nacional de Estadística, en 2024 había 16.902 personas de más de 100 años, un 76 por ciento más que hace una década. Y se prevé que en 2050 la cifra supere los 200.000 centenarios. La esperanza de vida, que en 1900 era de apenas 34 años, ronda ya los 84. Solo Japón avanza más rápido. En su libro La ciencia de la longevidad, Viña propone una guía clara: cómo vivir para envejecer bien. Con datos en la mano desmonta mitos y ofrece herramientas para anticiparse a la fragilidad desde edades tempranas. «Las decisiones que tomamos a los 40 o 50 años ya están moldeando nuestra vejez».
Viña diseña ahora intervenciones prácticas: programas de ejercicio, pautas de nutrición, tratamientos personalizados. No se trata sólo de investigar proteínas: se trata de llevar el laboratorio a la vida real. «Con ejercicio adecuado, muchas personas mayores recuperan fuerza, equilibrio y autonomía. Hemos visto a pacientes dejar el andador», asegura.
José Viña no habla de inmortalidad ni de alargar la vida sin fin. Habla de otra cosa: de mantener la autonomía, la lucidez, el propósito. «Vivir muchos años en malas condiciones no interesa a nadie. Pero si podemos retrasar el inicio de la dependencia, aunque solo sea cinco años, el impacto personal y social es enorme». Esa es la ambición de la gerociencia: no curar enfermedades sueltas, sino intervenir en el envejecimiento como su causa común. Y hacerlo con datos, no con promesas. Con herramientas reales: ejercicio físico, nutrición, relaciones sociales, apoyo institucional.
Viña lo resume con una frase que ha repetido muchas veces, también en esta entrevista, mientras se levanta con energía para mostrar un ejercicio o recordar la historia de su madre: «La vejez no es el problema. El problema es cómo llegamos a ella». Y ahí todavía queda mucho por hacer.