Canal Almería

Dicen que la línea que separa el éxito del fracaso es muy fina. De la gloria a ver que el mundo se te viene encima. De salir en prensa en páginas de deportes o en la de sucesos. Todo lo que cada uno pueda pensar de las dos caras de la vida se citaron ayer en El Acebuche. Siete futbolistas de elite quisieron rendir visita a unos reclusos que están intentando volver a la sociedad, tras salir de prisión, con la intención de que la vida les de una nueva oportunidad. Y, entre otras cosas, quieren aprovecharse del mundo del deporte para que ese camino sea un tanto más sencillo.
Ayer, todos, vivieron una nueva experiencia. Los que entraron y salieron en el mismo día se dieron cuenta de lo privilegiados que pueden ser y lo bien que les ha tratado el destino. Los que se quedaron, soñaron anoche con unas imágenes que se convirtieron en realidad. Jugaron, golearon, regatearon y compartieron pases con sus ídolos. Los que defienden la elástica del club de sus amores, la menos para la mayoría.
Podría tratarse de una visita de cortesía. Podría ser una presencia de José Ortiz, Francisco, Goitom, Crusat, Gorri, Juanma Ortiz y Carlos García para 'justificar' el convenio entre Instituciones Penitenciarias y la Real Federación Española de Fútbol. Pero no. Los jugadores se implicaron hasta en más porcentaje del que se les había pedido.
Quisieron conocer cómo están viviendo los presos. Compartieron con ellos una charla técnica de Juan Matías, su entrenador. Lo hicieron antes de jugar con los reclusos unos partidos de fútbol sala. En ese momento todos eran iguales. Los famosos y los que ayer salieron por unos minutos del anonimato que obliga estar entre rejas. Se sintieron libres por un momento. Todos. Tanto los profesionales por estar jugando entre 'amigos' y los presos por estar haciendo lo que les gusta con jugadores que militan en un equipo de la Primera División.
Sudar la camiseta
Con el calor reinante y con el viento que hacía, las camisetas comenzaron a sudar. Todos querían ganar. Ya fuese Ortiz Bernal, Carlos García, Francisco o cualquiera de sus oponentes o eventuales compañeros de equipo.
El cambio de jugadores era constante. Esto provocó que el ritmo de los tres partidos que se disputaron fuese alto. Supuestamente, había habido consignas para que no hubiese ninguna entrada a destiempo. No hizo falta dar este consejo. El balón corrió a una velocidad que ya quisieran muchos equipos de la Liga Nacional de Fútbol Sala.
Se pudieron ver gestos técnicos de alta gama. Y no precisamente por los profesionales. Toques y goles en los que no se podía diferenciar, mirando sólo a los pies, quién era quién. Los 'piques' entre los pupilos de Lillo se sucedieron. En ese momento no eran compañeros y todos querían ganar.
Se acabó el partido y la foto de familia demostró lo bien que se lo habían pasado todos. Tanto los jugadores de la UD como los que no encontraron el mejor camino posible en el mundo del fútbol, pese a practicarlo de niños con toda la ilusión de un mundo que les ha dado la espalda y que, esperan, les trate un tanto mejor cuando sean libres. Ayer ya marcaron un golazo.

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